sábado, 23 de diciembre de 2017

Catedrales de Salamanca


La excepcional ciudad de Salamanca es una más de las que cuentan con dos catedrales: la más antigua de estilo románico y la más nueva del gótico florido; dos catedrales que se entremezclan en un mismo espacio, configurado hoy como un interesantísimo conjunto monumental.

La catedral vieja o románica se empezó a construir en el siglo XII, pero no se sabe, pues no existe documentación al respecto, de quienes participaron en la traza y proyecto de la obra. Aunque en el exterior la obra es puramente románica, el interior ya es de una transición a un nuevo estilo que se empezaba a instalar en España, el ojival.

El obispo que inició las obras fue don Berengario y los reyes que propiciaron que se llevara a buen término gracias a sus donaciones y privilegios, Alfonso IX y Fernando III.

Externamente la catedral vieja parece pequeña frente a la construcción gótica y, además, las diversas reformas todavía la empequeñecieron más. Así, la portada de ingreso que se abría entre las dos torres se modificó en el siglo XVII, aunque conserva las estatuas originales del siglo XIII: la Virgen y San Gabriel.

Las torres también cambiaron; una pasó a ser el campanario de la catedral nueva y la otra se reedificó en el siglo XVIII.
Por eso, si se quiere contemplar la fábrica románica en su pureza hay que acercarse al patio y admirar los ábsides y, sobretodo, la llamada Torre del Gallo:  un bello cimborrio orientalista, en la línea del de Zamora, pero más elaborado y esbelto  gracias a las dos filas de ventanas superpuestas  y a su remate en forma de pirámide.


Una vez en el interior del templo, al que se puede acceder por el pórtico o por la catedral nueva, vemos que es de gran sencillez: planta de cruz latina, tres naves que se cubren con bóvedas de crucería, y tres ábsides semicirculares con bóvedas de horno. 

De la decoración interior cabe destacar, además de la escultura románica de los capiteles y estatuas y las tumbas mudéjares y góticas, dos capillas: la de San Martín,
o de aceite, alojada en el hueco del campanario, está decorada con una serie de pinturas sobre la vida del santo, además de los otros profetas y músicos, con colores muy vivos en tonos rojos, azules y verdes, debidas a la mano del artista segoviano Antón Sánchez, que las realizó en 1.262.

Junto a estas pinturas aparece otro fresco con la representación del Juicio Final, de autor desconocido, de mediados del siglo XIV. De esta misma época es la tumba policromada del obispo Rodrigo de Díaz. 
El retablo de la capilla mayor es un gran panel en madera dividido en numerosos compartimentos en los que aparecen las tablas -hasta cincuenta y tres- pintadas en colores vivos y esmaltados, que representan la vida de Jesucristo desde la encarnación hasta el Juicio Final, colocadas en cinco hileras separadas por delgadas pilastras y coronadas por medios puntos en cuyas enjutas se aprecian filigranadas labores góticas, realizadas por el artista  Di Niccolo, venido de Florencia, en el siglo XV y conocido en España como Nicolás el Florentino, aunque hay quien la atribuye a Gallegos.



En las salas capitulares  se encuentra el Museo Diocesano, con un interesante colección de pintura gótica y varios sepulcros góticos y renacentistas.

A finales del siglo XV la catedral románica se quedó pequeña para las nuevas necesidades de una sede episcopal que adquiría cada vez mayor importancia, por lo que Fernando el Católico decidió levantar una nueva junto a la antigua, pero respetando la construcción primitiva. En 1.512 se encarga dicho proyecto a Juan Gil de Ontañón, y al año siguiente comienza la edificación.

Las continuas discusiones entre los maestros que colaboraban en la construcción retrasaron las obras en su primera fase, así que hasta mediados de siglo no se le dio el impulso definitivo. En 1.551 se cerraron las bóvedas de las naves y treinta años después se emprendió la construcción de de la cabecera del templo. A partir ahí, y por falta de recursos, la catedral avanzó con enorme lentitud. Baste decir que el cimborrio del crucero, que cerraba definitivamente el templo, es obra de Joaquín de Churriguera, del siglo XVIII.
En 1.753, cuando se consagró la catedral, habían transcurrido doscientos veinte años desde su inicio.



La fachada se le atribuye, seguramente, a Gil de Ontañón, aunque en la prolija escultura que la adorna colaboraron artistas como Antonio de Malinas o Gil de Ronza. La portada de acceso, de doble vano, está profusamente decorada con repisas, doseles, estatuillas y la menuda ornamentación que se repite en el plateresco de la época. En el mainel aparece la Virgen, y sobre la puerta de entrada dos relieves con el Nacimiento y la Epifanía, del siglo XVII.

Donde se unen ambas catedrales se levanta una gran torre de planta cuadrada que perteneció en origen al campanario románico.

En 1.705 se edificó el nuevo cuerpo de las campanas, sobre el que se colocó un templete barroco ochavado (dícese de la 

forma de la figura que tiene ocho
ángulos iguales y
cuatro lados
alternados,
también iguales) rematado con una cúpula con linterna; estos sucesivos cambios hacen de esta torre una de las más altas de toda España.


El interior de las tres naves, es un amlio espacio con gran luminosidad, y las ventanas y las vidrieras se reparten tanto en la nave central como en las laterales y los ábsides.
Las naves se separan por medio de grandes arcos apuntados sobre gruesos, pero esbeltos, pilares acanalados, cuyos nervios se continúan formando las bóvedas estrelladas que cubren las naves. A lo largo de éstas discurren elegantes galerías adornadas con bustos y escudos, Lo más interesante del interior es el coro, situado en el centro de la nave principal y cerrado por un muro debido a Alberto de Churriguera. 


Los relieves de la sillería, labrados a mediados del siglo XVIII, se deben a los artistas José de Larra, la alta, y Juan de Múgica, la baja, y la gran reja de estilo rococó que cierra el coro es obra de un orfebre francés. 


La variedad y cantidad de capillas hacen imposible su descripción, pero si mencionásemos algunas de las más interesantes  que contienen, empezaríamos por el crucifijo de la capilla del Cristo de las Batallas, que además tiene un excelente retablo barroco debido a Alberto Churriguera, y seguiríamos por los bellos azulejos de Talavera y por las estatuas policromadas del siglo XVI de la Capilla Dorada; la Asunción de Gregorio Fernández, en el Altar Mayor y el sepulcro del obispo Francisco de Bobadilla, del siglo XVI.

Otra de las muchas capillas es la de Santa Bárbara,  fundada en el año 1.344 por el obispo Juan de Lucero, alcanzó singular renombre, ya que constituía el escenario en donde los graduados de la universidad salmantina sufrían un riguroso examen de licenciatura.

                                 Capilla de Santa Bárbara con azulejos de Talavera
La sacristía es barroca de mediados del siglo XVIII, amueblada al estilo de la época.
El claustro, también llamado Pato Chico, es románico, pero se reparó y transformó tantas veces que se ha desvirtuado en gran parte su primitivo estilo. De planta cuadrada se construyó con una serie de arcos de medio punto, muchos de ellos hoy tapiados, apoyados sobre columnas rematadas por bellos capiteles historiados de autor desconocido, hoy en su mayoría desaparecidos.




Se conservan mejor las capillas claustrales, entre las que destaca la más antigua de todas, la de Talavera, cubierta por una peculiar bóveda ochavada suspendida sobre trompas; el segundo elemento arquitectónico mas original, junto con la torre del Gallo de la catedral vieja.


Órgano de la catedral de Salamanca

                                 Vista de la catedral nueva desde la Plaza de Anaya

                   Catedrales en lámina de estaño; trabajo de Nieves Rivas

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